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Sociedad - Debate | Jueves, 04 de Noviembre de 2010 10:50
"El socialismo del siglo XXI es un freno al desarrollo"
El consagrado escritor Sergio Ramírez, ex vicepresidente de Nicaragua, criticó la desviación autoritaria de muchos gobiernos latinoamericanos y sus insólitas alianzas en una entrevista con Infobae América.
 

 
 
Entre dos eventos culturales que lo tienen como protagonista -el cierre del Primer Encuentro Internacional de Literaturas Americanas en la ciudad de Rosario (Argentina) y la apertura del Vº Congreso Nacional e Internacional del Foro de Periodismo Argentino (Fopea) en Buenos Aires- Sergio Ramírez dialogó con Infobae América. Protagonista destacado de las letras latinoamericanas pero también de la historia de su país (ver puntos destacados), ya que fue uno de los líderes de la Revolución Sandinista de 1979 y del gobierno de reconstrucción posterior, no elude hablar de política porque lo considera "un deber ciudadano", aunque hoy está definitivamente retirado de esa actividad. Por eso no calla sus criticas y disidencias con el gobierno que preside Daniel Ortega. Autor de más de 30 libros, entre novelas, ensayos y cuentos, también se mostró feliz por la "dichosa lotería" del Nobel que premió a nuestra literatura.

 

El Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa pareció despertar verdadera alegría entre sus lectores. ¿Cómo lo vivió usted?


Hubo una alegría genuina en los lectores y en los escritores y una disidencia y opiniones contrapuestas en cuanto a los aspectos políticos. Eso es inevitable. Pero me parece que el Nobel a Vargas Llosa corresponde a una dichosa lotería que volvió a tocar a América Latina y a otro miembro del boom. Tal como se reparten estas loterías uno podía pensar que ese capítulo quedaba cerrado cuando (Gabriel) García Márquez recibió el Nobel y que con él se estaba premiando a una generación, pero 20 años después del Premio a Octavio Paz, me parece una dichosa lotería que toque otra vez a América Latina y a Vargas Llosa.

 

¿Los escritores del boom latinoamericano siguen influyendo hoy en nuestra literatura?

 

Con la generación del boom ninguna otra posterior se ha peleado nunca en esa dialéctica a veces un tanto fatal en que los hijos se alzan contra los padres o abuelos. Yo creo que la generación que siguió al boom que fue la mía es una generación agradecida. Aprendimos mucho de ellos especialmente de los cuatro grandes representantes, García Márquez, Vargas Llosa, (Julio) Cortázar y (Carlos) Fuentes. Pero las generaciones posteriores a la mía, si contra algo se rebelaron, fue contra el abuso del realismo mágico porque éste le dio una especie de matrícula falsa a la literatura latinoamericana. Sobre todo en Europa, en Francia por ejemplo, nada que no fuese realismo mágico era considerado legítimo, cuando la literatura latinoamericana iba por muchos lados diversos; basta mencionar por un lado a (Manuel) Puig, por el otro a Bryce Echenique, que no tenían nada de realismo mágico. Esta protesta, que viene con la generación de (Jorge) Volpi, de Alberto Fuguet, el "McOndo" como una marca de fábrica, pero no supone una rebelión contra la genialidad ni el don de la escritura del boom. Y en este sentido la literatura latinoamericana sigue sufriendo muchas mutaciones y manifestándose de maneras diversas.

 

¿Qué está escribiendo ahora?

 

He terminado una novela, La fugitiva, que publicará Alfaguara en España en abril. Es la historia de una mujer contada por tres mujeres, por tres voces de su generación, una mujer escritora, muy contestataria que, tal como ocurrió con el personaje que yo saqué esta novela es una costarricense en los años 30 que se ve forzada al exilio por el choque con una sociedad muy conservadora y que murió solitaria en México.

 

En su novela "Mil y una muertes", las desventuras de un nicaragüense se cruzan con las de personajes de la literatura como Ivan Turgueniev, George Sand, Rubén Darío, o de la historia , como Napoleón III, a la vez que se describen los avatares de la Nicaragua independiente. ¿Qué papel juega la historia en sus libros?

 

Es muy frecuente hacer lo que Alejandro Dumas llamaba "colgar la novela del clavo de la Historia" como si se tratase de un sobretodo, usar ese clavo que está ahí para construir historias imaginativas y la verdad es que tanto la historia pública como privada de América Latina está llena de historias que contar y algunas veces uno no necesita sino hacerles pequeños retoques. Y todavía no hemos terminado de contarlas. Poca gente imagina, por ejemplo, lo mucho que tuvo que ver Napoleón III con la historia latinoamericana, más allá de lo de México.

 

Antes de escribir una novela, ¿usted elabora un plan de antemano?

 

En las novelas los planes no valen de mucho. Hablo en términos estrictamente personales. Yo tengo una idea general pero mi experiencia es que la novela es un viaje accidentado, uno toma un barco y puede pretender ir a un punto determinado pero en el camino unos pasajeros se bajan y otros se suben y a lo mejor el barco llega al punto B y no al A, entonces, hay muchos cambios. La novela no deja de ser un proceso subconsciente, un espejo, donde van interviniendo muchos factores ajenos al propio criterio de quien está escribiendo. Un cuento es diferente, es un relato corto y uno tiene que atenerse a una línea argumental, saber cómo va a terminar, son pocas páginas, pocos personajes, entonces sólo puede desarrollar una línea argumental, no como la novela que tiene muchas líneas argumentales.

 

Usted sigue viviendo en Nicaragua, a pesar de su distancia con el régimen actual. ¿Pensó en radicarse en otro país?

 

Durante la dictadura de (Anastasio) Somoza pasé muchos años en el exilio, volví, me incorporé a la revolución (sandinista, de 1979). Ahora no estoy de acuerdo con lo que está ocurriendo en mi país, pero ya no sería capaz de irme de nuevo. A esta altura del campeonato, sería comenzar una aventura para la cual siento que no tengo fuerzas espirituales ni físicas. Entonces, estaré en Nicaragua. A pesar de la adversidad, de las circunstancias.

 

¿Le afecta en algo en lo personal la situación actual?

 

En lo personal muy poco. Este es un régimen que se ha ido consolidando con muchas artimañas y hasta el momento se ha ido apropiando espacios de poder muy arbitrarios, pero que no ha precisado de la represión contra los intelectuales; no les ha sido necesario reprimir ni actuar contra la libertad de expresión. No lo necesitan de momento. Pero van a hacer lo que sea necesario cuando vean el peligro. Si ven que la libertad de expresión amenaza su poder, entonces van a restringir la libertad de expresión, pero de momento no hay un régimen de represión en cuanto a la libertad de expresión o contra los escritores.

 

Usted ha señalado en varias oportunidades que el gobierno de Daniel Ortega avanza sobre el Estado de derecho, pero pareciera que no hay en la sociedad nicaragüense una reacción proporcionada a esos hechos...

 

Es como un juego de espejos. Cuando alguien se propone quedarse en el poder a cualquier costo, con el dinero que llega a raudales de Venezuela, para comprar voluntades entre los líderes políticos y del parlamento, con leyes "tasadas" según la importancia del voto, esta política de debilitar, dividir y corromper pues tiene incidencia en la forma en que se presenta la oposición. Hay grupos cívicos importantes en el país, muy honestos, pero la verdad sin conexión con las masas. Entonces es probable que Ortega gane las elecciones con todos estos métodos sin que llegue a tener un frente opositor firme.

 

¿Puede unirse la oposición?

 

Es muy difícil en gran medida por el pacto entre Ortega y Arnoldo Alemán, que es el líder más visible de la oposición, pero es un falso líder opositor porque está siempre maniobrando con el actual presidente y esto hace que se cree una gran desilusión entre la gente, que se desconfíe de la oposición. Eso desmoraliza y desmoviliza.

 

¿A qué se debe esta tendencia al personalismo y autoritarismo en muchos gobiernos actuales en la región?

 

El poder es un fenómeno bastante complejo si uno lo ve incluso como novelista. El poder tiende a alimentarse siempre de más poder.  Pero el poder democrático consiste en que las personas se convenzan de que su paso por él es transitorio y que por muy carismático que se sea en un momento, tiene que irse a su casa, retirarse. Y para esta generación de políticos -de lo que se llama el socialismo del siglo XXI- no existe el retiro voluntario. Lo veo en Chávez, en (Evo) Morales, en (Rafael) Correa, en Ortega: se sienten predestinados al poder, piensan que su obligación es quedarse allí, que los procesos de transformación no se van a cumplir si no es con su presencia personal, no tienen sustitutos. El resultado es que vienen a convertirse en un factor de deterioro de la democracia porque es cierto que llegan por el voto popular pero luego las reglas del poder comienzan a corromperse, con el objeto de quedarse retuercen las leyes y violentan la Constitución.

 

¿Hay un determinismo histórico en esto o sólo se explica por la personalidad de los protagonistas?

 

En América Latina, tuvimos en el siglo XIX constituciones ejemplares que casi no necesitarían retoques en el sistema que proponen de independencia y equilibrio de poderes, elecciones periódicas... Pero comparado con lo que realmente ocurrió, nada de eso fue cierto, no hubo estabilidad democrática, hubo caudillismo, estado de excepción, constituciones suspendidas, largas dictaduras militares o gobiernos autoritarios y por lo tanto esas constituciones siguen sin cumplirse. Saber los plazos de estos modelos autoritarios de hoy es difícil, no tengo la bola de cristal pero son modelos que llevan en sí mismos la semilla de su propia destrucción; terminan mal, no hay ejemplo en América Latina de modelos autoritarios, personalistas, que hayan terminado bien.

 

¿Y los costos?

 

El problema es el atraso en términos de desarrollo económico. Un modelo político autoritario siempre va a ser contradictorio con el modelo de desarrollo económico, siempre van a estar de por medio la corrupción, el populismo, la centralización del poder económico en el Estado. Todo eso ha demostrado no funcionar en América Latina. No trae desarrollo económico real.

 

¿Le llama la atención el modelo de alianzas internacionales de los socialismos del siglo XXI que los acerca a Irán, por ejemplo? ¿Hay en esa relación un interés estratégico real o el fundamento es ideológico?

 

Es muy ideológico porque la verdad es que un país como Irán es muy poco lo que puede ofrecer en términos de desarrollo a América Latina en cuanto a inversiones, capital, desarrollo tecnológico, no veo a Irán como un país del cual se pueda extraer experiencias de desarrollo económico, de formación de recursos humanos, de cooperación cultural o educativa y es además un país que tiene su propia zona de influencia y sus propios problemas. Tampoco veo a Siria como un país que pueda ser de utilidad para el desarrollo de un país como Venezuela, por ejemplo. Ya las relaciones con un país como Rusia me parecen complejas aunque pudieran ser más viables pero yo no sé si la construcción de una planta de energía nuclear con tecnología rusa después del desastre de Chernobyl es la mejor alternativa que un país latinoamericano puede buscar...

 

¿Volverá a la política alguna vez?

 

No, ya no. Estoy muy contento escribiendo, el tiempo pasa y antes de que pase necesito ocuparlo en escribir. La política para mí es un asunto generacional. Ya hay una nueva generación que deberá hacerse cargo. Hablo a veces con los jóvenes pero más de literatura que de política.  Me buscan más los jóvenes escritores que los jóvenes políticos. Y a mí me gusta más hablar de literatura pero no eludo hablar de política porque me parece que es un deber ciudadano hablar de lo que pasa.

 

Volviendo entonces a la literatura, ¿las nuevas tecnologías cambiaron en algo su forma de trabajar?

 

Diría que mucho. Empecé a usar una computadora en 1985 y aprendí a escribir en un formato muy primitivo que ya no existe. Guardo los 14 ó 15 diskettes de mi novela Castigo Divino pero ya no hay máquina que los lea. Eso me convence a mí de que el formato tecnológico más durable es el papel. Pero la tecnología me sirvió de mucho. La capacidad que uno desarrolla para editar sobre todo, transferir párrafos, sustituir, suprimir, acortó el tiempo que dedico a una novela. Si yo dedicaba 4 ó 5 años a una novela de 300 páginas, ahora ahorro hasta 2 ó 3 años de trabajo y no se diga de los métodos de consulta e investigación: me puedo poner en línea con Google, con los diccionarios y no tengo que ir a la biblioteca como en otros tiempos.

 

¿Y la interacción con sus lectores?

 

Yo empecé hace 4 ó 5 años a escribir en un blog, El Boomeran(g) y hasta se publicó un libro sobre esa experiencia, Cuando todos hablamos. Ahora tengo una cuenta en Facebook y una avalancha de visitantes pero aún no he tenido tiempo de tomar control de este sitio. Pero me parece que uno tiene que estar ahí, no hay que correr el riesgo de volverse conservador. El público ha cambiado, la manera de leer ha cambiado, la manera de acercarse a los autores, entonces uno tiene que adaptarse a ello.
 
Fuente: Infobae América.