| “Nada bueno nos espera a partir de profundizar la incomunicación” |
|
Federico Jeanmaire, autor de “Más liviano que el aire”. ![]() En “Más liviano que el aire” -Premio Clarín de Novela 2009- el escritor Federico Jeanmaire construye un contrapunto entre clases, edades y géneros, a través del diálogo de una anciana de 93 años, quien mantiene encerrado en el baño de su casa a un adolescente que ingresó para intentar asaltarla. Un tema que subvierte, en cierta manera, los relatos que solemos ver casi a diario en los noticieros y que hablan de ancianos víctimas de robo, encerrados y maltratados por sus victimarios. A lo largo de toda la obra se escuchará sólo la voz de una ex maestra solterona de familia acomodada, quien insiste en contarle al chico de 14 años la historia de su madre bajo la promesa de liberarlo en cuanto termine el relato, mientras que las respuestas de éste último pueden inferirse del mismo monólogo. En medio de alusiones a la soledad y la incomunicación, la trágica historia íntima que relata la mujer se entrelaza con el devenir del país. Jeanmaire es licenciado en Letras, investigador del Siglo de Oro. Entre sus obras se destacan “Miguel”, una biografía ficticia de Cervantes, publicada por Anagrama; su novela “Mitre” (Premio Especial Ricardo Rojas, a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999) y “Una lectura del Quijote” (Seix-Barral), un ensayo que lo confirmó como uno de los mejores especialistas y lectores de Cervantes. Las ficciones que tienen a ancianos como protagonistas suelen hacer hincapié en la soledad que marca sus vidas. Su novela también, pero genera sentimientos ambiguos. ¿No le interesó para nada hacer un elogio de la vejez, verdad? Creo que la soledad marca las vidas de casi todos. Es una de las características fundamentales del “ser humano”. Somos una de las especies animales más débiles, necesitamos amontonarnos para vivir, pero, a pesar del paso de los siglos y de los progresos, me da la impresión de que cada vez vivimos más aislados. En los ancianos, quizá, esa característica está más marcada, es más obvia, pero, desde luego, no me interesó hacer un elogio de la vejez.
La palabra se convierte en el único lazo que une a Lita con ese joven extraño, tan ajeno a su mundo ordenado y reglado. ¿Cree que la comunicación entre ambas generaciones es, en verdad, posible? La comunicación entre los seres humanos es difícil. Conocer, aceptar al otro, implica, por lo menos, el tiempo y las ganas de hacerlo. No sé si hay tiempo y ganas en este momento. Pero siempre es posible. Y tendría que ser una búsqueda necesaria, imprescindible. Nada bueno nos espera a partir de profundizar la incomunicación.
La novela tiene una construcción literaria particular, porque la voz de Santiago sólo se infiere de los comentarios que hace Lita. ¿Por qué eligió este recurso? Me pareció un recurso literario interesante. En las novelas no hay que decirlo todo. Cada cosa que podamos dar a entender a partir de un procedimiento -que no necesitemos hacer explícita quiero decir- es una suerte de batalla ganada contra la redundancia. El discurso que representa Santiago es un discurso que, por lo general, es articulado por otros. En este caso, la que lo va a articular será Lita. Y el lector.
En un momento Lita le dice al chico: “No hay manera de que encauce su vida. La gente como usted son gauchos”. Reedita la centenaria dicotomía “civilización y barbarie”. ¿Cree que aún no está superada en nuestra sociedad? A nuestra sociedad le cuesta mucho superar algunas cuestiones. Somos maestros en dejar siempre todo abierto, en no cerrar nada y, apenas encontramos la oportunidad eso vuelve como si nada en el medio hubiese pasado. Así se me ocurre que somos. Y me parece, o al menos ésa fue mi intención, que Lita es como cualquiera de nosotros. También como Santi, claro.
Leo su novela y pienso que las personas mayores resultan muy parecidas, sobre todo en esto de ponerle toda su atención a las malas noticias. ¿Será que a medida que pasan los años los seres humanos pasamos a ser un triste estereotipo? No lo creo. Sospecho que la gente que ha vivido más años, que de algún modo está más cerca del cielo que de la tierra, tiene más tiempo para pensar en las cosas que ocurren en el mundo. Y, por ahí, no les gusta nada lo que piensan. Supongo que son reflexiones que se parecen a una suerte de balance acerca del recuerdo de lo que encontraron cuando nacieron y la realidad de lo que van a dejar. Y que, casi siempre, esos balances dan negativo.
La novela aborda también un tema complejo como el incesto, un asunto que Lita condena con vehemencia, aunque su familia no está libre de “escándalos”... Esa es otra de las marcas sobresalientes de nuestra cultura: ver con mucha facilidad la paja en el ojo ajeno y no percibir la viga en el nuestro. Casi nadie está libre de “escándalos” en la Argentina, sin embargo, no nos cuesta nada hablar de los “escándalos” que producen los demás.
Pasando a otro tema, la lectura de “El Quijote” le ha demandado varios años de su vida. Si tuviera que explicarle a un lector en formación por qué es esencial leer la obra de Cervantes, ¿qué le diría? “El Quijote” es la primera novela moderna y es un libro tan impresionante que, a ese hipotético lector en formación, le pediría encarecidamente que se tomara el trabajo placentero de intentar su lectura. Estoy seguro de que no será el mismo lector después de aventurarse en él. Quizá ni siquiera la misma persona. Implica algún esfuerzo, por supuesto: el castellano de Cervantes ha quedado un poco viejo, duro, difícil de masticar. Sin embargo, teniendo en cuenta que la lectura es uno de últimos placeres que demanda cierto esfuerzo en el mundo que vivimos, vale la pena la experiencia.
Fuente: El Tribuno. |
